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[COLUMNA] Enciende la TV, apaga tu mente

No, no apagues la tele: enciéndela.

La televisión sigue a una lógica parecida a la de las armas y el alcohol: las armas no matan gente, la gente mata gente con ayuda de las armas. El alcohol está ahí para ser bebido a voluntad, ahora bien, si alguien no sabe controlarse no puede decirse que sea un problema del alcohol, sino que es un problema de la persona. De la misma manera, la televisión per se es inofensiva (exceptuando, quizás, la emisión de ciertas ondas electromagnéticas que pueden ser perjudiciales). La televisión es entretenida, a pesar de tener cientos de canales culturales y educativos que son aburridísimos y con un poder somnífero más fuerte que un corto de clorfenamina, y ofrece una amplia gama de dibujos animados sin más contenido que divertir por divertir, series diversas que retratan situaciones que jamás veremos en la vida real (con rostros que jamás veremos en la vida real, dicho sea de paso), y un sinfín de programas llenos de atractivas mujeres que no tienen más mérito que el poseer un cuerpo y rostro reflejo de las aspiraciones de belleza que desearían las masas ver a su lado en la cama cada noche antes de dormir. Sin embargo, la historia es bastante distinta, y no es culpa de la televisión que ciertos modelos de belleza se impongan por sobre otros de dudosa belleza (digan lo que digan las feministas y los hipersensibles, gente fea existirá siempre. Acéptenlo.).

Si uno es un asno (disculpándome con los burros, que harta carga tienen por estas fechas navideñas y pesebreras) y cree cualquier cosa y asume que todo lo que oye es verdad, no es responsabilidad de los medios y ni siquiera de la mente creativa tras el bodrio: la culpa es de la mente susceptible del pobre diablo que cree cualquier cosa.

Una frase típica de todo aspirante a elfo intelectual de Izquierda que sea vea a sí mismo como “despierto” (una manera de decir que es más inteligente que el resto pues está consciente de alguna conspiración que promueve que estemos en algún estado de imbecilización) es apaga la tele, enciende tu mente. Ahora, ¿la mente se encendería para captar qué? ¿Súper ideas de amor e igualdad, de unión de toda la humanidad con el cosmos hippie vegano abraza-árboles? La gente despierta sólo estará despierta a su propia indulgencia, justificando su propia irresponsabilidad: éstos son los que me han cagado. El “despierto” nunca es responsable de sus desgracias (que por lo general se traduce como pobreza material, ya que el que no es pobre no le interesa estar “engañado” si su pasar es bueno), sino que es una pobre víctima de las circunstancias planificadas por algún tipo de poder supranacional que pretende arruinar hasta al último ser humano sin importancia, para procurar su propio beneficio. Ahora bien, si esto fuera efectivamente una realidad, ¿te has preguntado alguna vez por qué alguien debería velar por ti? Siendo sincero: si aún siendo pobre e insignificante te importa poco y nada si tu vecino vive o muere, ¿por qué a alguien que no te conoce y le significas absolutamente nada deberías importarle?

Ve televisión y asume lo que es: un medio y nada más. No hagas caso a los que dicen que debes apagarla y leer más: en el mundo de la literatura debe haber un porcentaje de estupidez, decadencia y degeneración aún más alto de aquél que puedes encontrar por televisión. Y no, no culpes al mundo moderno, pues siempre ha sido así. Basta revisar antiguas bibliotecas (y restos de otras que han sido enterradas por el tiempo y el polvo) para notar que todo ese romanticismo de épocas mejores e idílicas son sólo eso: romanticismo.

Apaga tu mente, pues realmente no la necesitas. Encara la realidad: si nos estamos yendo al carajo no es porque seamos una masa de energúmenos irracionales, sino porque un exceso de civilización ha hecho que nos olvidemos que no somos plantas. ¿Por qué la televisión debería ser educativa, por qué la televisión debería enseñarte a no ser un pobre diablo, por qué la televisión debería darte esperanzas?

Abandona toda esperanza: es el momento para que seas responsable de tu desgracia.

Por Francisco Albanese

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