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[COLUMNA] Feminismo radical y la criminalización de la masculinidad

¿Qué tienen que ver un anuncio publicitario de una compañía de celulares, en donde se ve a dos mujeres besándose, con un concurso de belleza asociado a una marca de ropa, en donde se muestran cuerpos semidesnudos, con una reunión entre empresarios, ministros y políticos de centro-izquierda que finaliza con una broma de mal gusto con una muñeca inflable, o con graves problemas de delincuencia en su dimensión más cruda, como lo es la violación y el homicidio, al punto de despertar una masiva marcha? ¿Es acaso que provocan detrás de ellas los movimientos conservadores que se han indignado, de derecha y católicos, pidiendo mano dura, más censura social y legal a muchas de estas prácticas y comportamientos por ser contrarios a la moral y las buenas costumbres? No, sino que son todas estas algunas de las batallas icónicas de los últimos tiempos del movimiento feminista.

No es nuevo el que las redes sociales que en un comienzo lograban democratizar la información y generar ágoras digitales de debate público— han sido, con el pasar de los tiempos, semillero de conflictos cada vez más brutales, de rápidos juicios públicos donde se condena con dureza ciertos dichos que van contra el clima de opinión imperante, en donde se genera una verdadera caza de brujas contra quien opine diferente. Vemos como muchos de los espacios que antes eran de diálogo, respeto y amistad cívica, se van transformando en verdaderos campos de batalla ideológicos, sin tregua, hasta el punto en donde los vencedores fraguan una nueva moral. En su etapa final, es la misma gente la que se auto-censura para no ser públicamente crucificada. Eso es a lo que comúnmente se comienza a conocer cómo corrección política o lo políticamente correcto.

Los guardianes de dicha moral son quienes tienen las mayores credenciales democráticas y humanitarias de las últimas décadas: la centro izquierda política. Los autodenominados progresistas sintieron cada vez más que tenían el monopolio de la moral, hasta el punto de creer en su propia versión del fin de la historia. Estos nuevos pontificadores de la moral comienzan a hacer lo que todas las instituciones hacen cuando adquieren poder, esto es, buscar aún más poder, más influencia. Ya no bastan las victorias políticas, de modo que comienzan a inmiscuirse en los espacios más íntimos de las personas en una versión 2.0 del totalitarismo. 

Un totalitarismo cultural que se inmiscuye en la vida de las personas, politizando los espacios íntimos, llevando a un nuevo plano el conflicto ideológico en el siglo XXI la biopolítica.

En los tiempos cada vez más polarizados que habitamoslas distinciones ideológicas no son ya materiales-económicas como lo fueron en el siglo XX— cuando la condición material de las personas determinaba casi siempre el bando político en el cual se luchaba— sino que hoy cada vez más nos determinan factores como la etnia, el género, la orientación sexual e incluso nuestra dieta. Factores como esos determinan a qué bandos políticos pertenecemos, ya que para la corrección política el ser hombre, blanco, heterosexual, cisgenero y el consumir proteína animal te sitúa inmediatamente en el bando de los opresores, de los villanos, de los privilegiados, de los que merecen pagar por crímenes de personas que probablemente no conocieron. 

De todas las corrientes que han ido forjando el progresismo socialismo del siglo XXI, ecologismo, humanismo secular, teoría culturalista, teoría queer, movimientos de diversidad sexual, animalistas, indigenismo— el que más preponderancia y fuerza ha tenido en nuestro país es sin lugar a dudas el feminismo. Pero desde esa potencial influencia, que se explica por el gran porcentaje de la población a la cual se dirige—la mitad, más o menos— el movimiento se ha radicalizado, en cuanto va uniendo adeptos y va cobrando fuerza.

Hay una diferencia con el movimiento de diversidad sexual, que en un excelente manejo comunicacional deMovilh y la Fundación Iguales han ido sumando apoyo transversal, moderando el discurso, haciéndolo más amplio, en vez de radicalizarlo y llevarlo cada vez más hacia la izquierda política e ir generando enemigos a veces imaginariosgenerando un gran anti-cuerpo en personas que probablemente se sumarían a las propuestas sensatas de aquellos, pero que por sentirse gratuitamente atacadas no sólo se bajan de cualquier apoyo a su lucha, sino que reaccionan en contra en esta bioguerra fría entre géneros.

Es como ver los casos mencionados anteriormente como, por ejemplo, el caso de WOM, oportunidad en la cual las redes sociales, especialmente los más progresistas y las feministas, se indignaron con una publicidad en la cual se mostraba a dos chicas besándose, muchos sin poder explicar bien el problema allí presente, más allá de prejuicios racistas —por tratarse de dos mujeres caucásicas— o por molestias de que la publicidad (capitalista) utilizase la diversidad sexual. Curiosamente, fue el partido Revolución Democrática, del joven diputado Giorgio Jackson —epítome de la corrección política—, quienes demandaron para que se retirase la publicidad, en donde por suerte el sentido común del poder judicial salió victorioso. Un caso más lamentable fue el de la muñeca inflable como metáfora económica en ASEXMA, cuando su presidente, el empresario Roberto Fantuzzi, ofreció su renuncia al directorio —no muy valientemente—. Esto termina por hacer un flaco favor a la libertad de expresión, dándole la razón a los inquisidores.

Una de las mayores problemáticas argumentativas es la colectivización metafísica que hacen de las víctimas de violencia doméstica, de violaciones y de asesinatos pasionales, exclusivos a su género, donde todas las mujeres son víctimas —potenciales— en un acto de empatía colectiva entre todas las personas que comparten sus genitales, basados en las estadísticas de las víctimas haciendo una generalización. Hasta ahí no hay problema. El problema es cuando realizan el ejercicio contrario con el victimario, donde colectivizan a los agresores y hacen una generalización artificial entre todas las personas que comparten genitales con los que las estadísticas apuntan como culpables: los hombres.

Ese es el problema con las consignas de la marcha #NiUnaMenos, por ejemplo. No es que ese día en particular, en esa marcha en particular, las mujeres quieran visibilizar el cuándo ellas son víctimas de asesinato —ignorando a los que no comparten su identidad de género y también son asesinados— . Ese no es el problema, pues queda espacio público para otras víctimas de la delincuencia, sino que se trata de lo que queda en el subtexto, lo que se lee entre líneas: que todos los hombres somos potenciales violadores y asesinos de mujeres. Cuando se acepta esa premisa entonces ya no hay vuelta atrás. Se permite la criminalización a priori del hombre, por lo cual algunas medidas educativas preventivas no serían tan graves. Cualquier símil con la re-educación soviética es pura coincidencia.

Esto lleva poco tiempo en Chile, pero ver a nuestros vecinos transandinos o incluso al norte en Europa o en Estados Unidos, es ver una ventana hacia el futuro en donde este problema se ha complejizado, donde el conflicto va en aumento y donde las respuestas en reacción, no sólo al feminismo sino a la corrección política, comienzan a tener nombre y rostro —siendo el más icónico ejemplo de esto Donald Trump, pero también el Brexit, Putin, Le Pen y los nuevos nacionalismos europeos—. Gane quien ganen en la bíoguerra de los géneros, todos perdemos.

Por Lucas Blaset

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