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[COLUMNA] La izquierda chilena: ¿condenada por su inconsecuencia?

No es que los compañeros de la izquierda tengan malas intenciones o no estén comprometidos con la causa, es que su ideología delirante es tan enajenada de la realidad que es una utopía sin destino, que ni sus propios militantes pueden cumplir.

A propósito de los días que estamos viviendo en el ámbito estudiantil quisiera debatir sobre la supuesta superioridad moral que se auto adjudica la izquierda dogmática, cegada por una especie de verdad incontrastable que los convierte a ellos en los guías espirituales del paraíso, donde pretenden conducirnos a todos, aún a punta de cañón o de revolución.

Quiero dedicarme a nuestros conocidos clérigos vestidos de rojo, aquellos que desde una palestra apuntan con sus dedos inquisitorios las perversiones del capitalismo y con sus sagaces lenguas convierten el ánimo de ganancia en el pérfido lucro satanizado por los medios, del que nadie quiere ser acusado. Arrolladores al momento de convencer, han conseguido la concientización de un importante número de ricos de sentirse culpables de llevar la vida que tienen, como si para serlo sus padres o ellos mismos hubiesen robado.

Es la izquierda juvenil, escolar, y en especial la universitaria, la más dura inquisición, aquella apologeta del totalitarismo aspirante a la deshumanización más cruel teñida de populismo y violencia, la misma que exige con mayor fuerza la purificación moral de los chilenos. No debemos olvidar que la universidad, es el centro de grandes logros, pero también el nido de los movimientos más oscuros, intolerantes y violentos que nos ha tocado presenciar, como el MIR, Sendero Luminoso del Perú, o recientemente, Podemos de España.

A pesar de las apasionadas aspiraciones, que con destacada fuerza caen en los jóvenes, la izquierda más convencida, no ha logrado la práctica religiosa de sus propios militantes; tan solo su adhesión verbal y política. El lucro, teñido de un rechazo casi automático, sigue siendo faro de sus militantes, no hemos conocidos a los desprendidos virtuosos que esperábamos, no hemos conocido a quienes dejarán de vivir de la explotación de la clase trabajadora, enajenándolos de su trabajo, no hemos conocido a los verdaderos militantes de izquierda que nos prometieron; aquellos retratos del hombre nuevo que construiremos a punta de retroexcavadoras. Los que cómodamente viven, como Bachelet en la Reina, siguen teniendo sus privilegios de clase, y los jóvenes idealistas que se presentan en las marchas que buscan reivindicar al pueblo oprimido, no tienen ninguna intención de ser trémulos al percibir los beneficios de sus padres; es más, se oponen contra el lucro en educación, pero cuando se les pide que la paguen siendo profesionales, ellos se enfurecen y son los primeros defensores de sus arcas.

Siguen consumiendo productos de las malvadas internacionales imperialistas, pudiendo cosechar y vivir de su propio trabajo libre de explotación, u organizarse con otros para promover el compañerismo “sin amos”; en cambio, prefieren beneficiarse, de los según ellos, “explotados” obreros, auto-convenciéndose que es el “modelo neo-liberal”, quien los obliga, a pesar de jactarse de poseer la suficiente capacidad para organizarse en actos y movimientos políticos, no tienen el mismo ánimo para evitar esta “calamidad” que ellos mismos cometen. Sus mismos escritores protegen su propiedad sobre sus obras, y sus aclamados artistas lucran con la cultura, sin percibir la degeneración moral que para su ideología significaría reconocer esto.

No es que tener dinero sea malo, “el problema es no tenerlo” como diría un sabio maestro, y sin duda, tampoco es algo negativo consumir de empresas internacionales, pero lo que sí es cuestionable es querer impedírselo a los demás y no querer hacer el sacrificio primero. Como la viva imagen del padre Savonarola, quieren hacer su propia “hoguera de las vanidades”, pero esta vez no se quemará nada que sea de ellos.

Fervorosos defensores de los derechos humanos y la democracia, se hacen llamar con orgullo, buscando excluir a los demás del debate, mostrándose como los dueños monopólicos de la propiedad moral. Pero estos discursos cargados de una apasionante e irrestricta defensa de ideales inmutables, caen al no condenar – ni tan sólo levantar una tímida voz – contra la dictadura cubana de los hermanos Castro, ni contra el autoritarismo chavista. Se proclaman demócratas, pero irónicamente en Cuba hay un solo partido en la práctica, y en Venezuela el presidente tiene el control de las elecciones, sus tribunales y el fiel vasallaje de las Fuerzas Armadas, y si la prensa se opone, la ahogan hasta acallarla. Rasgan vestiduras por los derechos humanos, pero la ONU, incluso la Internacional Socialista, le han pedido al gobierno de Maduro que libere a Leopoldo López y que cese las acciones contra los derechos humanos. En cambio, hacen apología de asesinos como Fidel Castro, y para hacer sus aclamaciones todavía más notorias, estampan sus ropas con homófogos que llegaron a construir campos de concentración para “corregir” estas “impurezas de la sociedad”, como el “Che” Guevara, esto último es de especial rito juvenil.

¿Por qué la izquierda no tiene los militantes consecuentes que debiese tener? ¿Está condenada o son sus militantes inconsistentes, plagados de intereses impuros? La respuesta es simple, no tiene que ver con la calidad de sus militantes, ni su compromiso, no importan las buenas intenciones que tengan, es su aspiración política-moral la imposible, es pedirle al ser humano que no lo sea. El problema comienza de la misma ambición del pensamiento, la fatal arrogancia que posee intrínsecamente, tratar de ordenar el mundo a los designios de un plan realizado por iluminados (ellos), que pretende controlar a los humanos y sus acciones. Un contructivismo tan superado que equivaldría ponerle un corsé ideológico a la sociedad, tan apretado y rígido que nunca se ajustaría. Es imposible, pedirle al humano que deje de buscar su interés, es en pos de él que nos organizamos como sociedad y es nuestro fin el que actúa como una guía diaria en las conductas de cada cual. Prohibir la búsqueda de la riqueza personal no solo es un sinsentido económico de graves consecuencias, sino que es contrario a la propia naturaleza del humano, obtener bienes para vivir más cómodamente o para conseguir un objetivo de carácter menos material, por ejemplo tener una propia escuela de danza por amor al arte, donar a una iglesia o financiar a un coro de niños huérfanos.

Estas inconsecuencias se deben a una enajenada percepción de la realidad, complementada con la incompatibilidad de medios que caracteriza su proyecto político. Como diría el teórico político F.A. Hayek no se puede colectivizar la propiedad en su sentido amplio (es decir, lo que es propio de cada uno), sin violar los derechos de las personas, pues se ve afectada su esfera individual, se les despoja de lo que es suyo; además, el proceso de hacer tamaña tarea implica expropiaciones, arbitrariedades y violencia que solo terminan, como lo demuestra la historia, con sufrimiento y muerte. Tampoco se puede eliminar la propiedad privada sin destruir la democracia, se pierde la garantía frente al poder, y aquel que lo detenta se convierte en jefe de la vida de los votantes, porque es el dueño de todos los recursos y los distribuye conforme su antojada voluntad sólo a quien cae rendido a sus pies o se transforma en su cómplice. Vaya un venezolano a oponerse a Maduro y a su régimen de burócratas y conocerá la amenaza de perder un subsidio o ganar el odio de la administración estatal, que lo es todo en ese país.

Lo relevante de analizar la inconsecuencia de los guías morales adeptos al ideologismo de izquierda, en donde los jóvenes son los más fervientes creyentes, más que el reproche ético que los hace merecedores del dicho popular del cura Gatica, “quien predica pero no practica”; es la imposibilidad de cumplir sus aspiraciones político-morales. No es que los compañeros de la izquierda tengan malas intenciones o no estén comprometidos con la causa, es que su ideología delirante es tan enajenada de la realidad que es una utopía sin destino, que ni sus propios militantes pueden cumplir, como diría el maestro que cité al principio: “ser de izquierda es rebelarse contra mundo, sin antes conocerlo”.

Por Javier Rozas.

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