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[COLUMNA] ¿Y si privatizamos la educación?

Para nadie es un secreto la mala calidad de la educación pública, aun cuando más de algún colegio estatal a duras penas se logre destacar en el país. Hoy, los estudiantes marchan y han marchado desde hace más de 10 años por una mejor educación, pero desde una vereda completamente equivocada que solo los llevará a destruirla.

Si comparamos el Chile actual con el de 1970, veremos que antes solo las familias adineradas enviaban a sus hijos a la universidad. Posteriormente, con el modelo creado a principios de 1980, todo cambió. Este modelo estaba basado en los criterios de Milton Friedman quien argumentaba que “los establecimientos privados son inherentemente más eficientes que escuelas operadas por el Estado, se genera un sistema de competencia entre escuelas, dando a los padres la posibilidad de escoger la escuela para sus hijos”, que a su vez, está basado en el sistema de voucher del economista Ludwig von Mises.

Es así como nacen los colegios subvencionados, aquellos que elevaron la calidad de la educación, permitiendo a las clases intermedias acceder a mejores escuelas, y posteriormente, gracias a la competencia entre colegios y al aumento del ingreso per cápita producto de las medidas que abrieron mercados en aquella época, posteriormente más y más personas podían acceder a dichos colegios, sea por el aumento del salario medio, como por la disminución de los aranceles de estos establecimientos.

Por otra parte, la posibilidad de los estudiantes de estudiar post pago la educación superior mediante un crédito CAE, transformó a un Chile de mano de obra barata a uno de mano de obra calificada, de técnicos y de profesionales de nivel superior, permitiendo a las florecientes empresas crecer rápidamente, trayendo consigo más trabajo, mejores salarios y una prosperidad al país que nos sacó de un 50% de pobreza a solo un 11%.

Sin embargo, este aumento de la calidad estaba entrampado por el dogma de los socialdemócratas y socialcristianos de aquella época, quienes veían inmoral el lucro en la educación y por lo tanto fue vetado. Mismo lucro al que se refería Milton Friedman, que permitiría aranceles educativos bajos y mejor calidad ante establecimientos educativos, que estarían en una pelea constante por atraer la atención de estudiantes y apoderados para llenar sus matrículas, lo cual ocurrió solo parcialmente.

El caso de la educación superior fue peor, tenemos el costo universitario más alto de la región y uno de los más caros del mundo. Aranceles sumamente elevados si lo comparamos al promedio de universidades norteamericanas y europeas, todo porque no existe una competencia real al estar regulado el mercado de la educación, las universidades no compiten entre ellas y llenan sus matrículas rápidamente por la alta demanda y las múltiples alternativas de financiamiento, sean becas o créditos, siendo estos últimos correctos y necesarios, pero no en un escenario que solo facilita el mercado a los privados y elimina la competencia entre ellos.

En resumen, Chile tomó el camino correcto, pero mal pavimentado, mejorando la educación, llevandonos a mejores espectativas país, pero entrampandose al mismo tiempo sin posibilidades de seguir mejorando al día de hoy. Si a eso añadimos el retroceso que desea posicionar la izquierda, terminaremos volviendo al Chile de 1970; o siendo “optimistas”, a una realidad como la de Argentina, colegiaturas gratuitas con calidad tercermundista y una deuda pública insostenible.

Pero si los privados son tan “malos”… ¿Por qué privatizar?. Por lo antes mencionado, la competencia, la cual terminará bajando aranceles, ofreciendo mejor calidad educativa y montando múltiples proyectos de enseñanza para cada niño, muy diferente al sistema plano de la educación pública, pero siempre y cuando exista lucro, porque es dicho lucro lo que estimula a la inversión, como en todas las áreas empresariales. Chile gasta, según el informe del 2013, $375.000 per cápita (por niño o joven al mes), lo cual es bastante más hoy en el 2017, pero quedémonos con esa cifra para términos prácticos.

Pensemos en el costo de los mejores colegios privado de calidad en regiones, quizas 100, 200 o 300 mil pesos, donde se forman verdaderas máquinas de pensar, donde salen a relucir los distintos talentos, donde la gran mayoría triunfa en la universidad (no repetir ramos es un ahorro económico enorme) y posteriormente como titulados son exitosos. ¿Por qué entonces no tenemos ese nivel de calidad? Por un lado porque el aparato burocrático absorbe gran parte de esos recursos, y por otro, porque hay un sistema centralizado que decide por todos, y no por las realidades de cada localidad o establecimiento, quienes tienen poca o nula libertad de decidir sobre su presupuesto. Imaginemos como sería el sistema de voucher de Friedman o Mises.

No existirían colegios públicos, excepto los que las municipalidades quieran mantener por su cuenta y el Estado subvencionaría el per cápita total o parcialmente según condición socioeconómica. Entonces, los usuarios demandarían por colegios, y esa demanda llevaría a invertir a los privados en establecimientos educativos. Pero hay una diferencia, el usuario común y corriente podrá optar donde matricular a su hijo, ya que el sistema le permite decidir donde gastar esa subvención, democratizando el sistema inmediatamente, y por otra parte, los establecimientos deberán entregar mejor calidad de servicio y diversidad de servicios si quieren captar alumnos, ya que el apoderado es libre de elegir matricular a su hijo donde crea necesario.

En el caso de los colegios municipales cuyas administraciones decidan mantener, se pueden sustentar con el cobro lucrativo de arancel (completa o subvencionada) al igual que los colegios privados. Al no haber necesidad de una red de colegios públicos, no se requiere un aparataje burocrático que parasite el presupuesto, y simplemente el ministerio de educación se convierte en una ofinina administradora que vela por el pago del voucher. Tampoco deberá fiscalizar la calidad de los colegios, ya que esto lo harán los apoderados y usuarios, quienes simplemente podrán cambiar a su hijo de colegio o podrán interponer recursos en el SERNAC o recursos civiles como cualquier producto o servicio que no cumple los pactos contractuales.

El Estado es un pésimo fiscalizador y castigador de si mismo, pero al ser privados, podemos usar todas las herramientas disponibles a libre voluntad y con la convicción de que será un proceso justo. ¿Y donde quedan los profesores que reclaman por bajos salarios y enormes cargas laborales? Como en todo mercado abierto que crece, el aumento de la inversión en educación significará más puestos de trabajo y mayor capitalización, ambos factores fundamentales en el aumento de los salarios.

La mano de obra profesional no es infinita, el aumento de la inversión creará mayor demanda por profesores y ante la escasez las empresas educativas deberán pagar mejor para retenerlos y que no migren a la competencia, aumentando el salario; pero lo mejor es que habrá discriminación positiva, con salarios más altos a aquellos profesores más especializados, ya que el aumento de establecimientos de calidad requerirá de ellos, y por su puesto, si una empresa quiere que su trabajador rinda, no puede sobre exigirle, no solo porque bajará la calidad de su trabajo que significa una posible perdida en calidad para la empresa, sino que podría irse con otro empleador si no se siente cómodo, que es lo que pasa en los mercados florecientes por la amplia apertura en la demanda de trabajo.

Por lo tanto, si queremos una educación pública y de calidad, no necesitamos de instituciones públicas, sino de privados compitiendo por la subvención pública. Ya lo decía Gabriela Mistral: “Me parece a mí calamidad el Estado docente, especie de trust para la manufactura unánime de las conciencias. Algún día los gobiernos no habrán sino de dar recursos a las instituciones y los particulares que prueben abundantemente su eficacia en la educación de los grupos. El mal menor, el respiro de esta asfixia del Estado docente, está en el acrecimiento de la iniciativa particular.

El Estado sigue siendo y será siendo y será siempre Napoleón que movilizará las pobres almas de los niños para afianzar el imperio, dando credo social, credo económico y credo religioso.

El Estado debería después de un censo de los habitantes, por credo, subvencionar 100, u 80, o 50 escuelas de cada confesión. Tiene que servir a una masa heterogénea sin mano homogénea. Yo mi amigo, comienzo a envejecer. Procuro decir desde aquí cuanta cosa excelente veo en las escuelas. Hago lo que puedo, hice lo que pude y reconozco que fue poco. También pesó sobre mí el Estado docente, centurión que fabrica programas y que apenas deja sitio –como hurtado– para poner sabor al alma.”

Por Nelson Pizarro Director Formación Liberalum y Microempresario.

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