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El pasado paramilitar en las juventudes comunistas del actual vocero del Movilh Rolando Jiménez

“Estaban muertos de miedo. Eran cinco veinteañeros, todos de las Juventudes Comunistas, que acarreaban bencina y neumáticos hacia una calle de La Pincoya. Iban con la adrenalina y la precaución de quien arriesga su juventud debutando como combatientes clandestinos: lo que iniciarían ahí, pasadas las ocho de la noche, no tenían idea cómo iba a terminar”.

“Al llegar al punto estratégico, cerca de una comisaría, soltaron los neumáticos, los rociaron con bencina, prendieron fuego y corrieron casi sin comprobar si ese intento de barricada había comenzado a arder. Escaparon unas diez cuadras y se perdieron en una población de Recoleta. Quince minutos más tarde volvieron al lugar de origen y se llevaron una sorpresa. Los vecinos del barrio habían sacado muebles viejos, colchones y hasta refrigeradores para alimentar el fuego. Lo que partió con un par de ruedas quemadas, era ahora una enorme llamarada que se extendía por varias cuadras e iluminaba la población”.

Esta fue una de las primeras grandes manifestaciones en La Pincoya, para el año 1983 en plena dictadura y uno de los primeros iniciadores de esta fue Rolando Jiménez, actual vocero del Movilh y en ese entonces “combatiente del Partido Comunista“.

Según relata El Quinto Poder, Jiménez nació en 1960, en Renca, en una familia de escasos recursos y donde convivían 4 hermanos, LA madre de Jiménez que era garzona y su padre taxista quién cuando este tenía 7 años se quitó la vida.  Tras esto su madre no podía mantenerlo y lo envió a Angol, lugar donde fue criado por un tío militar que en las vísperas del golpe llegaba a casa con una metralleta M16. Jiménez recuerda: “No sé si fue por influencia de él, pero yo tenía pensado ser detective o carabinero. Me llamaban las armas. Y tenía esas opciones como profesión”.

8 años más tarde su tío comenzó a haber problemas con el alcohol y a los quince años, debido a esto Rolando retornó a la capital y comenzó a vivir en una mediagua en un campamento al lado del cementerio metropolitano. “Las condiciones de vida eran deplorables. Imagínate, siete personas viviendo en 40 metros cuadros con cuéa. Esa misma pobreza, y además lo que empiezas a ver en la población, me fue marcando”, relata Jiménez, lugar donde comenzó a identificarse plenamente con la izquierda.

Mientras trabajaba acarreando cosas en la Vega, Jiménez se hizo amigo de una pareja militante del MAPU. Fue su inicio en la política, además se conectó con la historia de su tío Danilo, que había sido detenido desaparecido, y comenzó a participar en actividades del partido.

En 1983,  la tras la crisis económica mundial sumado a que los desaparecidos y torturados salían a la luz cada vez más y la dictadura de Pinochet, parecía perpetuarse. Fue entonces que varios grupos de izquierda empezaron a tomar cartas en el asunto en como hacerle frente a Pinochet y se aceptó la legitimidad de la lucha armada para combatir a la dictadura militar. Y Rolando, convencido, optó por esa vía y aún no se arrepiente. “Encuentro que era legítimo la fuerza militar contra una dictadura feroz”.

Pero como en Chile no encontraba un lugar para combatir, decidió irse con un amigo a Perú, siguiendo un anuncio de que en Arequipa estarían reclutando combatientes para ir a pelear a Nicaragua.“Dejé todo botado y me fui a comprar mochilas, botas, sacos de dormir, a San Bernardo donde venden estas cuestiones dadas de bajas del ejército. Agarramos eso y nos fuimos a dedo a Arequipa”. Al llegar, descubrió que el anuncio era falso. Mirando la televisión en Perú, vio cómo en Chile se había hecho la primera manifestación masiva contra Pinochet.  “Entonces me dije: si empezó la mocha en Chile, ¿para qué me voy a ir a Nicaragua?”. Fue así como Rolando llegó a la Unidad de Combate del Partido Comunista.

Los bombazos y la instrucción militar con las Juventudes Comunistas

En Chile, Jiménez se reunió con las Juventudes Comunistas, lo apodar como “Jorge” y armó la primera protesta en el barrio La Pincoya. Pero él quería entrar a la Unidad de Combate. “En ese periodo el Partido Comunista recién estaba implementando su política militar, y lo que se formó fueron unidades de combates, UC, que básicamente eran militantes de la Jota que recibían entrenamiento paramilitar”, cuenta Rolando.

En su sector, la unidad contaba con cinco combatientes. Ninguno de ellos superaba los 25 años. Jiménez, por su liderazgo, llegó rápidamente a ser el jefe. Recibían, en sus propios hogares a veces, a instructores enviados por el partido, quienes les enseñaban a hacer  explosivos caseros. Con esa metodología, hicieron su primer golpe: un atentado a un colaborador de la CNI que vivía en el barrio.

Estuvieron el día anterior preparando los explosivos. Aunque en esa oportunidad no utilizaron clavos ni elementos de metralla. “Queríamos solo darle un susto al huevón”, recuerda. Eran las doce y media de la noche y Rolando, o Jorge como rezaba su chapa, fue el encargado de prender la mecha. “Fueron como diez fósforos, porque estaba más nervioso que la cresta. Hasta que logré prender la mecha y salimos raja”, cuenta. Corrieron dos cuadras. Pero el silencio indicaba que algo no estaba funcionando. La bomba no había explotado.“Habíamos dejado la mecha muy larga”, agrega Rolando. Justo cuando iban a volver a revisar, sonó la explosión. Su primera misión había sido cumplida.

Jiménez recibió instrucción militar. En esas oportunidades subían a bordo de un camión, escondidos con mantas, e iban a una casa del barrio alto a clases de inteligencia de guerrilla, estrategia, y de uso armamento. Ahí aprendió a ocupar fusiles y sub ametralladoras. Aunque solo llegó a ocupar una vez un arma de fuego, un revólver calibre 22, y en medio de una protesta.

Yo estaba cuidando a un equipo de la Jota que tenía que hacer unas barricadas y llegaron los pacos. Estábamos en avenida Recoleta, y ya no había posibilidad de que los cabros se fueran, así que para que los pacos no siguieran avanzando, utilicé el arma. Le pegué un par de balazos al furgón y los pacos apretaron cuea”, dice.

Afortunadamente siempre he dicho que no sé qué habría pasado en mi cabeza si me hubiese echado a alguien, creo que es un asunto muy complejo. Yo sabía que esa posibilidad existía, y estaba dispuesto a correr los riesgos. Son cosas que uno no elabora mucho, la adrenalina contra la dictadura era muy fuerte”.

La carrera paramilitar de Jiménez llegó a su fin producto de la discriminación que daría origen a la lucha que sigue hasta hoy: la de los derechos de las minorías sexuales.

Cerca de 1985, después de haber ayudado a reclutar a algunos de los fusileros del Frente Patriótico Manuel Rodríguez, que luego harían el atentado a Pinochet, Jorge comenzó a abandonar las armas. Su buena oratoria en las protestas y su capacidad de liderazgo, hicieron que el partido lo considerara para labores de coordinación política. Así comenzó a tener responsabilidades mayores como líder de la Coordinadora Metropolitana de pobladores, donde organizó tomas de terreno, reuniones políticas y protestas masivas. Finalmente fue considerado para secretario regional de la Jota. Pero esa vez, su condición homosexual se lo impidió.

Via ElQuintoPoder / ElDinamo 

 

 

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